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Por Eva Montero, psicóloga del Deporte
martes, 11 de diciembre de 2007
Investigando varias teorías psicológicas, he encontrado algunas que pueden explicar algo sobre cuáles pueden ser nuestros motivos para sufrir entrenando fuerte y salir aún sin ganas.

Al no encontrar una recompensa a su sufrimiento, los aficionados tienden a minusvalorarlo
Son sólo hipótesis, con las que unos se identificarán y otros no, pero que considero interesantes para pensar y reflexionar. Estas teorías no son específicas de la psicología del deporte, sino de la psicología en general, aplicables a muchos otros aspectos de nuestra vida.

Motivación logro
Un amigo mío me decía, tras una jornada ciclista, que lo que más le gusta es volver a casa con la sensación de tener “los deberes hechos”. La primera vez que subí un puerto recuerdo que mi mayor impulso fue contemplar lo que llevaba subido y, viendo ya cerca la cima, darme cuenta de que iba a lograrlo. Cuando nos marcamos un objetivo, aunque sólo sea el de salir a dar una vuelta, la satisfacción de cumplirlo supone una recompensa, que está muy presente para la siguiente salida o el siguiente objetivo (marcha, ciclomaratón, puerto de dificultad especial…). Mucha gente consigue quitarse la pereza de encima y salir a hacerse su kilometrada porque sabe que al regresar se va a sentir bien. En cambio, si se queda en casa, tirado en el sofá, le invaden los remordimientos: “Debería entrenar, estoy perdiendo el tiempo aquí, haciendo el vago…”.
La teoría de la motivación de logro fue formulada por Atkinson, y, según la misma, la conducta de logro depende de dos fuerzas: la esperanza de éxito y el miedo al fracaso. Es decir, que si, por ejemplo, estamos encarando un puerto que nos supone un desafío, nos empujamos a nosotros mismos de dos formas:

  • Pensando en la “muesca” que vamos a poner en nuestra bici por el puerto superado.
  • Tratando de llegar arriba para evitar la frustración de quedarnos en el intento.

Paco Mancebo en pleno esfuerzo durante una etapa de la Vuelta a España de 2005

Los cicloturistas solemos relacionar éxito con esfuerzo. Quien intenta superarse (motivación de logro alta) acostumbra a marcarse metas de dificultad intermedia, que supongan un reto pero alcanzables en base a entrenamiento, constancia y capacidad de sufrimiento. En cambio, quienes tienen poca motivación de logro y además buscan justificarse y acostumbran a atribuir el éxito a factores más estables, como pensar que no tienen capacidades: “Yo no valgo para este deporte”. Eligen metas de dificultad muy baja, porque es lo único que se creen capaces de conseguir, o muy alta, para, al no conseguirlas, demostrarse a sí mismos (y ante los demás) que “no valen”.

¿Por qué satisface tanto lograr un objetivo? Porque quien tiene motivación de logro, dentro del particular esquema de sí mismo (autoconcepto), le da mucho valor a la superación personal, con lo cual el logro aumenta su autoestima. Asimismo, en la parcela social, también encontramos la doble vertiente:

  • Esperanza de éxito: la consecución de una meta conlleva un reconocimiento por parte de los demás.
  • Miedo al fracaso: evitar el cargo de conciencia que supondría sacrificar un tiempo con la familia o los amigos por acudir a una marcha que luego no eres capaz de acabar, o no coronar el puerto, abandonar en el ciclomaratón, etcétera.

Ciclistas aficionados a gran velocidad durante una prueba cicloturista

La disonancia cognitiva
En un experimento, a dos grupos de estudiantes voluntarios les encargaron realizar una actividad aburrida durante una hora y luego contársela a otra persona intentando que pareciera divertida. Un grupo de estudiantes recibió dinero por esta tarea y el otro no. Luego se preguntó a ambos grupos su opinión sobre el trabajo realizado. Curiosamente aquellos a los que pagaron tenían peor opinión de la actividad realizada. A los que trabajaron gratis no les pareció tan aburrida la tarea.
En base a experimentos como éste, Festinger desarrolló una teoría que postula que la incoherencia entre dos estados de conciencia (pensamientos, cogniciones, ideas) hace que las personas se sientan incómodas. En consecuencia, cambian o bien sus pensamientos o bien sus acciones con tal de ser coherentes. Es decir, si estás haciendo algo que piensas que es “malo” (en contra de tus ideas) pero no puedes evitar hacerlo, al final acabas pensando que “no es tan malo” (fumar o beber alcohol son unos buenos ejemplos), con lo cual matizas o incluso cambias esa creencia. La teoría sostiene que los seres humanos tenemos tendencia a valorar lo que hemos elegido, y a minusvalorar aquello que desechamos. Incluso tendemos a rechazar informaciones nuevas que contradigan nuestras ideas.

En el experimento, los estudiantes que recibieron dinero por su trabajo no presentaron disonancia (incoherencia) puesto que les habían pagado por realizar la tarea aburrida. En cambio los otros (los que trabajaron gratis) cambiaron su pensamiento para evitar la incomodidad de sentirse mal por hacer un trabajo pesado sin recompensa alguna, valorando más positivamente la actividad realizada.

Cicloturista descansando durante la edición 2007 de la Terra de Remences

La aplicación de la teoría en el ciclismo profesional versus el aficionado es similar al experimento: un profesional de la bicicleta sufre mucho pero le pagan por sufrir. Un aficionado, en cambio, al no encontrar recompensa material a su sufrimiento, piensa que no ha sido tanto padecer (sobre todo cuando ha pasado un tiempo desde que terminó), y que si entrena más sufrirá menos. Así es como podemos encontrarnos aficionados con una dedicación y una motivación superior a la de un profesional retirado que sigue cogiendo la bicicleta (o incluso a alguno en activo).